martes, 13 de agosto de 2013

1° de abril


-¿Estás leyendo últimamente?
-Sí, Cuellos de agosto, de Severino Lamberti, ¿vos?
-El Finalcito, de Antoine de Saint-Exupéry.
-Sos lo más parecido a un tonto que existe.
-No es para tonto.
-Jaja.
-¿Y de qué trata el libro?
-Adiviná.
-¿Sobre el calor?
-Frío...
-¿La tibieza?
-Tibio...
-¡Sobre el frío!
-¡Caliente! En realidad trata de dos amantes que viven en la misma calle. Se comunican en código morse, mediante linternas, de ventana a ventana. Todo va bien, hasta que él le expresa:-A mí me gusta como sos pero, para que pueda apreciarte realmente, necesito que te pongas metas. -
Ella interpreta la última "m" (- -) como una "t" (-), lo cual lleva a una discusión un poco difícil de descifrar.
-Algo parecido nos pasó a nosotros, hace unos minutos dije "no es para tanto" y creíste que había dicho "tonto".
-Dijiste tonto que ya no me acuerdo.
-Así es como, después, me sacás de contexto. Algo parecido pasó en unas olimpíadas griegas cuando Glaucón preguntó:-¿Alguno sabe que pasó que se cancelaron los 100 metros espalda? - y Sócrates le contestó:-Sólo sé que no se nada.


Pensé en lo que me dijiste, eso de que somos el reflejo el uno del otro. Me pregunté:- ¿qué generan dos espejos enfrentados sino una distancia de mil espejos?
(Una vez dibujé una sonrisa en la palma de tu mano y, anticipándome a tus reflejos, dije:- Te dibujé dos sonrisas.)

martes, 9 de julio de 2013

21 de marzo

1

-No, Mauri, te hablo del puto vacío existencial que uno atraviesa cuando termina de leer un buen libro. Un vacío visceral desleído en entera satisfacción.

-¿Desleído?
-Si, de desleír (disolver, fundir). No tiene nada que ver con leer.
-¡Ah! Podría decirse, entonces, que aquello que dijiste que estaba desleído, está oportunamente descrito.
-Jaja. Es que no es casual; a veces escucho una voz que me pregunta: ¿Vos realmente te sentás a escribir o te sentás a borrar? Y es lo que hacemos, creo yo, leemos lo descrito, escribimos lo desleído.
-¿Qué? Perdón, no te estaba escuchando.
-No, nada.
-Yo me siento con la idea de atravesar transparencias, quizás vos te sentás a trasladarte. Lo importante es la sensación de movimiento: uno piensa estático, pero no escribe estático.
-Es cierto, ¿ves esa hoja rayada? al lado de la impresora, traela; leela en voz alta.
-A ver:-"Pasaron ¿cuánto? ¿dos días desde que dejaste de temerle al abandono? Que hayas podido dejar el cigarrillo no quiere decir que seas capaz de todo. Ahí es cuando te preguntás si el fin justifica los miedos. O si, al menos, justifica el hecho de debitar la supresión de tu desánimo." 
Te estás sermoneando, peor aún, estás dejando que tus personajes te sermoneen.
-Dejo porque estoy dejando.
-Y te estás dejando amonestar por tus propios verbos. Eso me recuerda a una frase que pensé: "Sin vos el partido se hace muy cortado, porque me hacés mucha falta".
-No entiendo tus metáforas futbolísticas. 
-Entonces no va a gustarte "El tiro libre indirecto del queseyó guevarista".
-¿Qué es?
-Un artículo sobre la falta de laterales izquierdos en el fútbol argentino, como alegoría del debilitamiento de los sectores progresistas en los últimos años. El problema es que estoy tratando de extenderme a las 300 páginas y vos sabés lo mucho que puedo tardar así que, a la velocidad a la que voy, para cuando termine, es problable que el fútbol y la política hayan cambiado sobremanera. Es como cuando quise publicar todas mis predicciones astrológicas,
a la hora de editarlo, después de dos años de arduo trabajo, la mayoría de mis adivinaciones ya habían acontecido.
-Al final no me hiciste el té.
-Bueno, pero andá al kiosko ahora.
-Pedímelo por favor, por favor.
-Por favor.
-¿Cómo no?


2

-Te quiero.
-Yo también te quiero.

jueves, 20 de junio de 2013

Ya casi todo


Por poco el eje de simetría de la estética nos pasa de largo. 
 Es ridículo, tampoco estoy tratando de interpretar caras de boludo como aforismos de la dualidad onda-corpúsculo, pero me reconforta creerme capaz de traducir aquella farsa comunicacional a un idioma que esté separado de cualquiera de estos esquemas que solemos definir a partir del discernimiento, y no al proceso de malversación de inquietudes con el que nos subyugamos mutuamente.
Por suerte ya casi todo. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

19 de marzo


Si algo aprendí de la frenología es que los chichones en tu cabeza son el principal indicio de mi carácter irascible.

-No me mires así. 
-¿Cómo?
-Me miras como si trataras de examinar una mueca como si fuera un, ¿cómo se dice? un lapsus calami.
-¿Un qué?
-Un acto fallido, pero escrito.

En realidad la miraba tentado a inquirir una pared sólida como si fuera un espejo. Será que nos gusta desacostumbrarnos, tan sólo desgastar la cosa de un lado por vez. Empiezo a sospechar que preferimos sólo las mitades.

-Siempre pienso en orquídeas.
-Yo siempre pienso en una gota cayendo.

Tengo la teoría de que uno revisa y corrige su existencia una y otra vez, hasta quedar satisfecho con la historia. Quiero suponer que este es el segundo o tercer bosquejo de mi vida. Aunque no confío en mi capacidad para escribir finales eficaces, vengo siendo lo suficientemente respetuoso con la intriga y el desarrollo. Es posible que todo esto desaparezca, si decido cambiar algún acontecimiento remoto. Por eso quiero dejar en claro que, antes que sea demasiado tarde, si es que estos pensamientos no tienen lugar en mi yo final (el único yo que compartimos), en esta versión de mí mismo, tengo ganas de abrazarte.

-¿Te puedo hacer una pregunta?
- Eso fue una pregunta. Me tendrías que haber pedido dos preguntas.
-Te estoy hablando en serio.
-Yo más.
-¿Entonces?
-¿Esa es la pregunta?
-No, dejá de jugar.
-Pedime dos preguntas…
-¿Te puedo hacer dos preguntas?
-Sí, esa fue una, ¿Y la otra?
-¿Por qué no te vas un poco a la mierda?

viernes, 19 de abril de 2013

Casi nada se desprende de la lluvia

Los dos tenemos una especie de conciencia de auto-stop freudiano, en mi caso, un poco menos desarrollada.
Los dos hicimos descender abril en plena nutación y nos dejamos asir por la tragedia mímica del viento y la arena. Seguimos siendo partícipes del mismo enjambre de impresiones, vendimiadores de efectos secundarios.
Vos embebes la flecha en hojas de salvia, sufrís del desconocimiento perpetuo de la palabra delirio.
Yo soy el flujo pendular entre soluciones en la página de atrás y una molécula de ataraxia.
Ambos dedicamos muchas horas de sueño a fragmentar el ego, a mendigar azares.
Compartimos la dicha y, a menudo, nos preguntamos si sabemos lo que pensamos.
Fui yo quien te contó los huesos;
vos me devolviste cada postura con un reflejo.
No me preguntaste mi nombre;
a mi no me interesaba la vexilología.
Cruzamos juntos un puente
(todos cruzamos, alguna vez, juntos un puente)
Casi nada se desprendió de la lluvia,
me refiero a que casi todo se desprendió de uno mismo.

viernes, 29 de marzo de 2013

El Río de Ciruela




Dedicado a la memoria de Enrique Usuriaga, quien padece de Alzheimer.


            Mauro se dio cuenta que había sido olvidado. Miró en la distancia con la esperanza de encontrarse lo suficientemente cerca del Río de Ciruela; sintió un enorme desconsuelo y experimentó la sensación que, para un espíritu, equivaldría a llorar a lágrima viva. Lo invadió una tristeza dantesca, una pena más grande, incluso, que la que atravesó el día de su muerte. Sabía muy bien lo que estaba por suceder: de un momento a otro perdería todos los recuerdos de su última vida. Estaría listo, de ese modo, para formar parte de otro cuerpo y llevar a cabo una vez más aquel ejercicio empírico-somático fundamental, sin un ápice de conciencia de haber cruzado la senda en la que ahora se hallaba; sin la más ínfima noción de que la duración de la estancia de un ser en el éter es igual al tiempo que permanece el recuerdo de su última existencia. Pensó en Phileas Fogg y en Don Quijote; ellos jamás volverían a encarnarse.* Pensó en aquellos que, si bien ya habían sido olvidados, tuvieron tiempo suficiente para encontrar el Río de Ciruela y alcanzar, al sumergirse en sus aguas, la inexistencia eterna. Se arrepintió de no haber hecho lo suficiente en su reciente vida, se imaginó habiendo sido una celebridad o dejado cualquier clase de huella en la historia de la comunidad científica. Pensó en su muerte temprana, en la última vez que lo abrazaron, bosquejó en su memoria los rasgos de su madre. De repente, lo olvidó todo. Se hallaba dentro de una galería cuya forma era, para él, inclasificable; era la forma de su alma. Supo que podía ver, blanco era todo lo que veía. También podía moverse. Aunque era incapaz de saberlo, no era ni más ni menos que un cuerpo dentro de un alma: la figura que los dioses han codiciado desde el inicio. Tanto es así que atiborraron el alma de luz, una luz cuya intensidad enceguece y perturba a quienquiera que se encuentre en ese estado extraordinario. Allí y entonces estaba Mauro, la incandescencia comenzaba a trastornarlo. Bien saben los dioses que en una situación semejante, el individuo sólo tiene una salida: ir hacia la oscuridad al final del túnel. 


*Es importante tener en cuenta que los personajes de ficción se consideran a sí mismos individuos reales y, por tanto, consideran como reales a sus semejantes.




domingo, 20 de enero de 2013

La llave que abre otra llave

                 Durante la crisis del 2001, nos vimos forzados a venderle la vereda al dueño de la bicicletería. Como era amigo de mi viejo, nos permitía entrar y salir y cruzar la vereda cuantas veces quisiéramos; incluso, de vez en cuando, nos prestaba alguna bici para que la nena diera vueltas manzanas. Un día, al salir para el trabajo, vi como una mujer colmaba las baldosas de cientos de llaves y llaveros. Se llamaba Miranda y me dijo que le había comprado la vereda al bicicletero; luego de conversar sobre trivialidades, le conté una pesadilla recurrente que tenía, sobre la puerta de una habitación que no me atrevía a abrir. Ella, luego de rebuscar en su bolso, me dio una llave que abría otra llave. Miranda no tenía idea donde estaba esa otra llave, pero sabía que con ella se abría la puerta de mis sueños. Busqué por todas las cerrajerías aquella segunda llave, pero nadie tenía idea de su existencia. Finalmente, hallé a un mago que hacía una rutina con cartas y pañuelos de colores en el cumpleaños de mi sobrino. Le conté mi situación y me dijo que para ayudarme tenía que meterse conmigo en el sueño y ver con sus propios ojos la cerradura para hacer aparecer la llave en cuestión.
                Pasaron seis meses hasta que soñé con la puerta; el mago estaba a mi lado y acercó su ojo a la cerradura para observar detalladamente la abertura, pero parece que vio algo siniestro del otro lado, porque huyó espantado. Corrí tras él y le pregunté:
-¿Qué fue lo que viste? -
-Miralo vos mismo. - Y me dio la llave.
Coloqué la llave en la cerradura y la llave en la llave; le di, lentamente, la vuelta y abrí la puerta, de golpe, sin dudarlo, pero tapándome los ojos. Llegué a escuchar, antes de despertarme, mi propio grito al sentirme observado por el yo de mis sueños, fue entonces cuando me di cuenta que estaba soñando los sueños de alguien más, ya que mi mujer, como luego me confesaría, le había vendido mis sueños al almacenero, y me había comprado esa pesadilla barata en venganza de aquella vez en la que le revoleé el control remoto por la cabeza, porque me había endulzado el mate con Hileret.